I: El comienzo

  Estaba cansada, mis horas de sueño cada vez eran menos, lo notaba en cada centímetro de mi cuerpo y, aún así, siendo consciente de mi extrema necesidad de dormir más que tres horas diarias, era incapaz. 
  Mi cabeza iba a mil, un tornado recorría cada pensamiento, cada recuerdo y le daba otra forma, porque en mi cabeza tenía un inmenso puzzle y ninguna pieza encajaba.
  Mientras intentaba dar alguna forma a mis pensamientos, miré la hora.
  Las 11:00 am, he vuelto a perder el autobús. Guardé mi bloc de notas amarillo, aún sin estrenar en mi mochila sucia y vieja.

  Me levanté de aquel incómodo banco que hace media hora me había parecido buena idea sentarme y escribir algo. Mi resultado había sido penoso, ni una palabra escrita y ahora tendría que esperar una hora al siguiente autobús. No tenía ningunas ganas de quedarme una hora en Granada, no ese día.
  Me dirigí hacia el Triunfo por calles llenas de estudiantes y personas con demasiada prisa según yo.   Todo parecía tan lejos y a la vez tan cerca que me costaba si quiera orientarme.
  Paré a beber en una fuente a las puerta de ese parque. ''Debería ser más grande, más verde'' pensé.

  Volví a mirar mi reloj las 11:24 am.
  No podía creérmelo, no había pasado ni media hora y ya estaba en Triunfo. ¿Tan rápido había ido? ¿O es que me parecía una distancia más larga cuando en realidad no lo era? Otro día lo averiguaría; no estaba dispuesta a esperar mucho más al autobús de Monteluz, así que decidí coger el de Peligros e ir andando hasta la urbanización, solo serían quince minutos, por lo menos me movería y así me distraería, era mejor que esperar que esperar sentada.

  Observando por la ventana del autobús me fijé en las nubes y las extrañas formas que podían tener según cómo se mirasen y quién las mirase. Esa extraña sensación de paz hizo que volviera a mi rompecabezas personal.

  Hace unas semanas había conocido a un grupo de chicos gracias a mi amiga Elv. Eso no era extraño, ya que, me encantaba conocer gente, pero esos chicos eran diferentes me costaba entender sus cosas pero a la vez compartía un millón de cosas más.
  Una de las cosas que me resultaba tremendamente fácil era calar a una persona, saber cómo era, incluso cómo pensaba.
  Mi abuela me solía decir que era un poder y que lo utilizara siempre para hacer el bien, yo siempre me reía y le decía que ese ''poder'' lo podía tener cualquiera que pensase y observase un poco.
  Ahora echaba de menos esas conversaciones, ya no era la misma, se dedicaba a mirar hacia la nada sin decidir absolutamente nada. Los médicos dijeron  que era normal a su edad y que no se podía hacer nada, solo quedaba esperar a que llegara lo inevitable...
...
  Para mi eso es peor que la muerte y no lo soportaba.

  Con esos pensamientos circulando en mi cabeza llegué a la última parada, me bajé y empecé a andar por aquel camino desolado. A los lados del camino estaba ese monte marrón con algún que otro olivo, esa mezcla de color tierra y verde oscuro no me gustaba, daba tristeza. Pero eso es lo que tiene vivir entre olivos y al sur.
  Anduve recto y sin fijarme en nada en particular, adquirí una marcha robótica en la que mi cuerpo lo hacía todo mientras mi cabeza andaba en otro lugar.
  Tropecé y me caí de bruces.
  Atontada miré con qué me había tropezado, ¿una raíz? ¿Qué hacía una raíz ahí? Miré hacia arriba lentamente...
  ¡¿Qué?!
  No podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Me froté varías veces los ojos pensando que mi subconsciente me jugaba malas pasadas por la falta de sueño.

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