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Mostrando entradas de noviembre, 2016

Me gustan las montañas rusas.

Me gustan los besos, el poder conectarte con una persona. Robaros mutuamente el aire. Estar tan cerca que solo apreciáis los detalles a una velocidad de suspiros y acaricias. Me gustan todo tipo de besos, pero los que más me gustan son esos que al principio vais con miedo. Hay un silencio, un silencio de espera, os observáis y os vais acercando lentamente hasta estar a menos de medio centímetro uno del otro. Y ahí os quedáis, observando, esperando. Esos instantes pueden durar minutos pero son los más importantes porque es la calma antes de la batalla. Y justo un segundo después vuestros labios se chocan, al principio con cuidado como si comprobárais que no quema y una vez el miedo se ha ido, empieza la batalla. Un beso apasionado de estos que cortan la respiración. Justo en mitad de ese beso tras beso apasionado os dais cuenta que es lo más delicioso que habéis probado nunca y queréis más y más... Y de repente, tal cual ha venido se va, os paráis y os separáis. Sonreír es la última a…

Autobuses vacíos.

Hoy me he acordado de ti.
Miento. Siempre pienso en ti. Hoy me he acordado cuando me olvidaste. Cierto. No me acuerdo de qué hice ese día, tan solo recuerdo que me subí a un autobús y nunca bajé. Nunca bajé porque me olvidaste. Ahora subo diariamente en autobuses, pero en la bajada ahora sé que nunca aparecerás. Ya no te acuerdas de mi. Ya nadie se acuerda. Tan solo yo con lágrimas en los ojos.

Sensaciones.

Esos días andaba con una extraña sensación. Todo parecía una advertencia ante el peligro. Yo misma me sentía rara. Sabía que algo o alguien intentaba captar mi atención. Pero yo al principio no quería darle importancia, eran todo simples casualidades. Tenían que serlo porque la otra explicación es que me estaba volviendo loca. Uno de esos días me fui al parque a escribir. Rodeada de árboles en un banco me senté. No había nadie. Ese día por alguna razón nadie paseaba. Y allí, sentaba en mi soledad escribía tranquilamente. Pero por mucha paz que quería aparentar tener sentía algo en mi interior. Algo que me aterraba. Sentada en aquel lugar solitario me parecía que alguien me observaba, pero cuando alzaba la vista solo los árboles estaban allí.
¿Qué era? ¿Qué era? Todo cuanto veía, sentía u oía daba la impresión de que querían darme un mensaje. Un mensaje que no alcanzaba comprender. Un mensaje aparentemente muy importante. La peor sensación que a veces tenía era que algo sumamente terr…

Me gustaría.

Me gustaría poder flotar en la noche, porque así podría disfrutar de esta sin todos los peligros que encierran en la inmensa oscuridad. Me gustaría poder tocar la luna y las estrellas para poder columpiarme en ellas como única cosa que hacer. Me gustaría ser libre por una vez sin tener obligaciones o responsabilidades. Me gustaría simplemente flotar alejada de todo y de todos.

Me gustaría ser tantas cosas que simplemente piso este suelo lentamente sin flotar ni columpiarme, sin ser libre. Me encuentro en una jaula que cada día se hace más y más pequeña, y tan pocas son mis fuerzas que ni me molesto en comprobar si la puerta a esa libertad que tanto ansío está cerrada con llave. Así que, no sé si alguien me está quitando la libertad o soy yo la culpable de mi asfixia.

Juguemos a perdernos.

Aquella extraña mujer con sus extraños juegos un día se enamoró. Ella no supo en el momento qué pasó y ahora lo intenta recordar.
Todo empezó con un juego, un juego de miradas. Este juego, como todos los juegos a los que jugaba, solo ella sabía las reglas y solo ella sabía que estaban jugando. A ella siempre le parecía divertido dedicar diferentes miradas y esperar las diferentes respuestas. Y ese día, tan normal como cualquier otro, hubo una mirada que al tener tal intensidad ni siquiera entró en el juego, aunque nadie pareció darse cuenta.
El segundo día del enamoramiento fue cuando ella propuso a la otra persona jugar a su juego favorito. "Juegos a perdernos" dijo ella. Solo con esas palabras él enseguida aceptó. Y así, cogidos de la mano empezaron un juego que duraría por mucho tiempo...
   La primera fase del juego consistió en que ellos, tan juntos el uno del otro, desaparecían ante el mundo. La de historias que pasaron en aquellos lugares secretos que nadie podría en…

Otoño.

Aquella mujer. Aquella danza.
Sol.
Playa.
Ese vestido blanco tan trasparente.
Siempre brillando.

Y ahora.
Negro.
Lluvia.
Y tú.
Tú sigues danzando, con otro vestido,
con otra sonrisa,
con otra alegría,
siempre brillando hasta en los días más oscuros.

Sesación extraña.

Llegué a mi casa con una sensación extraña en mi cuerpo.
Sentía una paz increíble y a pesar de ser altas horas de la noche estaba increíblemente cansada, sabía que esa noche me haría falta más que una canción para conciliar el sueño. Y así fue, no podía dormir por culpa de esa extraña sensación y ni las baladas románticas escritas cientos de años atrás podían echarla. Le di fin al sonido y subí la persiana con la idea de al menos poder ver el amanecer. En ese preciso instante en el que le di paso a esa luz pálida fue cuando me di cuenta de lo que se trataba esa extraña sensación.
La vi bailando entre las nubes, jugando a algún extraño juego que me encantaba observar. Y a pesar de no estar en su plena perfección seguía siendo perfecta, y lentamente con el dulce sonido de las hojas fui cayendo en un profundo sueño del que deseaba no despertar jamás.