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Camino hacia... ¿Qué?

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Cuando era pequeña siempre seguía a mi padre. Callaba, escuchaba y observaba. Nunca me preocupaba por nada cuando estaba a su lado, siempre tenía la solución. Esa tranquilidad que me trasmitía con solo la postura que adoptaba su cuerpo. Aún recuerdo aparecer por la puerta y verlo frente al ordenador, recto, escribiendo, con el reflejo de la pantalla en sus gafas, él tecleaba a toda velocidad pero calmado, me saludaba y yo iba a darle un beso.  Mi madre era más nerviosa, pero aún así también me trasmitía calma, aunque iba a lo loco sabía a donde iba, o por lo menos era eso lo que me hacía ver. Era un huracán que nunca paraba y revolucionaba a cualquier persona que se ponía a su paso. Yo en cambio, tenía miedo, miedo de crecer y alcanzar aquello que llaman ser adulta. No sabía cómo hacerlo y nadie me enseñaba a serlo, nunca tuve una asignatura que se llamase Cómo ser adulta, o De niña a adulta o algo parecido. Cada vez que cumplía años, más miedo sentía, ¿cómo iba a poder hacer lo que …

Fuera de lugar.

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Estás en un sitio que siempre ha sido tuyo. Estás en tu sitio. Ese que puedes considerar el de toda tu vida. En el que puedes cerrar los ojos y dejar que tu respiración marque un ritmo de placer donde el sufrimiento ha sido borrado. Una vez abres los ojos, decides abandonarlo, dejarlo a un lado y buscar en otros lugares la misma sensación que has tenido hace unos segundos.  Te vuelves loco buscando hasta que un día te das cuenta de que tienes los ojos cerrados con la misma o incluso una sensación mejor que en el lugar que considerabas tuyo. En ese momento decides volver a lo antiguo, tal vez preso del pánico de haber conseguido algo que solo era un sueño lejano, o simplemente lo echas de menos. Vuelves a él porque aunque crean que lo has abandonado aún amas ese lugar que fue tuyo. Ahí estas, con los ojos bien abiertos en tu antiguo lugar esperando. Esperas como si fueras a cazar algo que se oculta entre la maleza. De repente pasa algo. Te das cuenta de que ese antiguo lugar que era t…

La vuelta hacia delante.

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Te dan una y mil veces.
Te recuperas mil y una vez.
Y entras en bucle.
Tú que pareces tan poderosa te rindes a los pies de alguien que no vale la pena.
Levántate, sé fuerte, pelea.
No lo hagas por los demás, hazlo por ti.
Tú eres lo más valioso que tienes y aunque te veas sucia y malherida puedes crear una versión de ti misma más nueva y más brillante.


Montaña virgen.

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Nunca lo di todo y simplemente me dejé llevar. Tal vez sea por ese devenir en el que me sumergí que nunca llegué a entender lo nuestro. Tampoco pregunté. Ahí estabas, hondeando una bandera de nuestro gran amor, o eso decías. Yo nunca vi aquella bandera, ni a ti en lo alto de la montaña, ni siquiera te vi subiéndola.  Pero no lo negaré, ni tampoco pelearé, porque puede que al conocernos tu me describieses una montaña yo la confundiese por otra muy parecida y desde el principio mirásemos hacia lugares diferentes. O puede que no, que viésemos la misma montaña de puntos diferentes.  Cualquiera de las posibilidades pueden ser válidas o pueden ser otras muchas variables. Quién sabe.  Lo único que sé es que siempre dije que si y nunca pregunté ni aseguré. Hasta que se acabó, hasta que me cansé de ver una montaña solitaria. Montaña virgen de sentimientos, de amor, de gestos y esfuerzos. 

Confesiones de última hora.

Hace mucho tiempo dejé de sentir. No fue algo de la noche a la mañana, fue algo planeando fríamente. Olvidaría cada sentiemiento, bueno y malo. Me ardía el pecho y no podía continuar. Sé que para algunos una vida sin sentimientos no es vida, que no podía hacer eso. Lo hice. Olvidé mis tinieblas y mis paraísos.  Todo tiene un precio, mi precio fue dejar de escribir. Poco a poco fuí deshaciéndome de todo lo que me pesaba y qué libre me sentí. Pero también vacía.  Como he dicho dejé de escribir y cómo estarás viendo ahora mismo estoy escribiendo. Sí, he vuelto. Hacía mucho tiempo que no lloraba entre frases. Lo que nunca he explicado es que cada punto que te dejo para respirar son horas de lágrimas para mi. Menos mal que ya no puedo mojar el papel. ¿Sabes? Era una faena volver a escribir todo porque había dejado un mar de tinta sin querer. Me estoy dejando llevar pero hacía mucho que no lo hacía y tú que no me veías hacerlo.
Fueron dos pequeños corazones los que hicieron volver a esta H…

A mis compañeros de vida.

Quisiera tener una colección privada de estrellas en mi habitación. Y no salir de allí para poder quedarme hablando sobre lo raro que es vivir. No quiero que existan los amaneceres para que la noche pudiera guardar mi cuarto en un suave manto de eterna paciencia.
Pero nunca tengo lo que quiero. Esas estrellas están desperdigadas por todo el mundo, hace mucho que no paso por mi habitación y ni siquiera saludo a la noche porque solo vivo tras el amanecer.
Y aún siendo cosciente que no tengo lo que quiero, sé que algún día me reuniré con esas estrellas en mi habitación y por tan solo un segundo nos sonreiremos sabiendo que a pesar de todo aún nos queremos.
Por muy lejos que esté de mi habitación.

El momento se acerca.

Hace un tiempo tomé una decisión guiada por el dolor que tenía dentro de mi. La decepción pasaba todos los días por mi casa y yo era incapaz de decirle que se marchara. Fue cuando me dije a mi misma que me iría y no volvería.
Está claro que lo que falló fue que había puesto demasiadas expectativas, esperaba demasiado de demasiadas personas. Y eso me llevó a mi propio sufrimiento y la constante pregunta de: ¿Por qué?
La verdad es que tenía miedo de volver a aquellas sombras oscuras que en un tiempo pasado me acechaban. No quería caer y no saber levantarme. Me engañé a misma pensando que mis metas estaban lejos de aquellas personas a las que, en el fondo, quería. Así fue como volví a cometer un error.
Y es que aunque este lejos y puede que en un futuro también lo esté, siempre hay un momento para volver a casa y ver a aquellos que me dieron, dan y darán la vida. Por qué aunque sé que soy mucho sin ellos también no sería nada sin ellos.
He aprendido a tomar pausas de las pausas y a volv…