Mi propia historia.

Ese café azul que nos encontramos en un paseo improvisto dio pie a que la imaginación volara libre. Y aunque nunca llegasemos a sentarnos para comprobar lo que se sentía al observar el suave movimiento de un mar a punto de querer congelarse, en el fondo sabíamos la historia que se formaba alrededor de ese ambiente. Una historia que no he querido hacerla realidad hasta un mes después. ¿El motivo? No estaba lista, necesitaba pensar si era lo suficientemente valiente para escribir una historia jamás contada. Y la verdad, no sé si ahora estoy lista pero para qué demorarse más. Saltemos al vacío.
En un mar con vistas al pueblo vivía una niña que portaba dulces cabellos de oro. Y aunque a simple vista parecía como todos los demás niños pocos sabían de sus peculiares gustos. Desde que aprendió a caminar le gustaba hacer excursiones con su padre, disfrutaba la naturaleza como si fuera un valioso regalo, uno que debía mantener vivo. Su lugar favorito era aquel reflejo del cielo donde iba siempre que podía.
Esta niña creció y sus gustos nunca cambiaron, pero al igual que todas las vidas siempre hay sombras que pueden oscurecer lo bello. Lo brillante y suave como aquella cabellera se apaga a medida que las sombras se abalancha sobre ella. Pero aún apagandose esa dulzura, aquella niña grande seguía visitando la infinidad y tranquilidad que suponía ese paisaje azulado.
Un día, cuando todavía no había vivido nada de la vida pero lo había vivido todo, conoció a una mujer que cambiaría su vida. La mujer se encontraba sentada en una cafetería llamada Café Azul bebiendo una abundante taza de café solo y leyendo un libro en un idioma distinto. A nuestra protagonista le llamó la antención, cómo pasaba las páginas, pegaba sorbitos o simplemente cómo su pecho subía y bajaba al ritmo de las olas. Ella no supo en ese momento lo mucho que significaría aquella mujer que de un día para otro entró en su vida. Y es que gracias a ella, a su fuerza, valentía, constancia y tremenda positividad para perseguir sueños esta niña aprendió a moldear sus propias sombras para que la luz volviera a ella.


Lo que después pasó aún no lo sabemos porque todavía no ha pasado. Pero aquí estoy, escribiendo una historia que no ha hecho nada más que empezar, eso sí, mi cabellera ahora brilla más.


Comentarios

  1. A veces el destino nos pone delante a personas que son como un trampolín a la libertad.
    Besos

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