Cuentos para soñar #3

Mil y una vez

La historia que me dispongo a relatar puede que haga dar la sensación de que padezco algún tipo de locura. Yo, tan solo, puedo decir que por muy increíble que parezca es totalmente verdad, que usted me crea es decisión suya.

Le pongo en situación:

Un día lluvioso de finales de invierno, la misma rutina, trabajo, descanso, trabajo, casa y vuelta empezar. Dios me libre del lenguaje que me dispongo a emplear pero no hallo una mejor forma: la misma puta rutina de siempre. Nada más levantarme me cansé por lo aburrido que me iba deparar el día pero para colmo parecía que mientras descansaba se había formado la tercera guerra mundial. No, no había disturbios, no, ningún accidente, simplemente el cielo se había enfurecido de tal forma que era imposible ver a dos palmos de ti, una lluvia torrencial como pocas había. Aquí la cosa no mejora, no, tonto de mí me había dejado el paraguas en el trabajo, aunque ahora dudo mucho que me hubiera servido de algo el dichoso paraguas.
Salí de mi apartamento pensando que el día no podía ser peor… Aaah… Dios todopoderoso… Qué necio fui…
Habiendo recorrido solo la mitad del camino todo el traje era más agua que tela y mi cuerpo temblaba a cada paso, no odié tanto un día como ese.

Me caí, todo mi cuerpo se precipitó hacia el vació como el Titanic con el iceberg. Allí estaba, tirado en el suelo con la lluvia golpeándome como si de un esclavo de aquellos que habla la historia se tratase, la gente corría alrededor mía huyendo de esa mañana tormentosa...
Alcé la mirada y como si Dios se me hubiera aparecido vi la luz en la oscuridad. Vi un café que nunca había visto antes y sin pensarlo dos veces entré.
¿Pero…? ¿Eso era un café? Me dispuse a salir ante tal escena, eso no era un café era una recepción si así puede llamarse. Todas las paredes eran blancas y lisas, a la derecha había una gran barra blanca con un teléfono blanco encima. Todo blanco. Blanco. Incluso las dos puertas, una enfrente y otra detrás de la barra eran blancas. Tan blanco que te hacía daño en los ojos. Y claro, yo me dispuse a salir pensando que mis ojos me habían engañado cuando una joven rubia salió por la puerta de la derecha. Su gran melena dorada resaltaba entre tanto blanco. Ella corrió hacia mí con toallas y fue cuando me di cuenta de que estaba lleno de barro llenando el suelo blanquecino de la suciedad de la ciudad. Fui a disculparme pero ella se adelantó a mi, me tendió las toallas y me dirigió hacia la otra puerta. A partir de aquí todo está nublado en mi memoria. Primero fue un baño y allí me aseé, salí y la joven me dijo que volverá entrar. Un café. Fui entrando y saliendo de esa única sala de mil y una habitaciones. Tan solo deseaba ir a un lugar salía y volvía a entrar y como si de magia se tratase me hallaba en el lugar deseado. 
Podría explicar todas la habitaciones en las que entré, la magia de cada una de ellas pero la hora se acerca y mi muerte es inevitable.
Entré en mil y una habitaciones y salí a contarle al mundo mi gran hallazgo…


Me tomaron por loco y muerto estoy.


Comentarios

  1. A veces las circunstancias nos superan y nos hacen pensar y ver cosas que solo parecen de locos.
    beasos

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